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DOROTEO
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Добрило Ненадић, књижевник, рођен у Вигошту, Ариље, 23. октобра 1940. године
ул. Радоша Бојовића 7, 31230 Ариље. Тел. 031/ 891-455; dnenadic@eunet.rs

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DOROTEO

Traducción del serbio al español, Zorica Stamencic de Noguerol

DIMITRI

Lo recuerdo todo, especialmente nuestro primer encuentro. Todo era tan extraño: ese día, él y la poza de Mortaya. Estuve muchas veces allí, antes y después, pero el agua nunca me pareció tan clara y cálida como aquel día. Ya por la mañana hacía un calor sofocante y parecía que por la tarde iba a llover. Lo recuerdo porque estuve dudando si ir al Morava o esconderme en alguna sombra para echar una siesta hasta que pasara el bochorno. Finalmente me fui por culpa de las malditas moscas que zumbaban delante de mi nariz como alrededor de un gato muerto.    
            Encontré a Doroteo bañándose. Primero vi su famélico jamelgo que cabeceaba atado a un aliso. A su lado, unos pasos más allá, estaban las alforjas con un hábito echado encima. La poza estaba tranquila y lisa; el sol reverberaba en el agua perezosa. Yo pestañeaba porque los rayos de sol me horadaban las pupilas y tuve que esperar un rato para acostumbrarme a tanto brillo. Desee regresar a la penumbra del bosque de la que había salido a la abrasadora arena de la orilla. Entonces vi a Doroteo.
            Emergió del agua. El largo cabello rubio le caía sobre los ojos y tuvo que apartarlo para verme. Estaba desnudo y tostado por el sol. Durante un rato guardó silencio, respirando profundamente, frotándose la barba y alisándose el bigote. Entonces me preguntó por el monasterio de Vratimlle. Cuando respondí que yo era de allí, primero se alegró, pero luego se quedó turbado, como avergonzado porque le había sorprendido de esa guisa indecorosa. Explicó que se dirigía allí por orden del obispo moravo Eusavio. También me preguntó por nuestro abad, Makario. Le dije que estaba muy enfermo.

MAKARIO

Sólo yo sé que Doroteo vino para curarme. Los demás creen que lo ha enviado el obispo para aumentar el número de monjes instruidos en nuestra comarca. Les oculto la verdad. Temo a la malicia de Prohor. Diría: al viejo le aterra morir; está demasiado apegado a la vida.

PROHOR

Cuando esos dos, Doroteo y Dimitri, entraron por el portón del monasterio, el sol ya se había puesto. A contraluz del último destello de la luminosidad del ocaso únicamente pude vislumbrar sus sombras. Uno era alto y ancho de hombros. A la sombra del otro, enjuta, chepuda y de piernas arqueadas, la conocía de sobra. Aquel cuerpo vigoroso y vital no va con un monje. Es más propio para un soldado o un campesino, pero de ninguna manera para un monje.

DIMITRI

Le ayudé a bajar el equipaje del caballo. Encendí un candil en la celda que le habían asignado y empezamos a sacar sus cosas de las alforjas. Dentro había de todo: pequeñas calabazas con semillas, saquitos con raíces, tallos y flores secas, diversos recipientes de madera, arcilla y cobre. Tenía también unas anotaciones en vitelas de piel de oveja, anudadas cuidadosamente con finas tiras de piel. Me dijo que estaba contento con el alojamiento. Luego le llevé la cena: habas hervidas, pescado asado, pan de trigo y aguardiente. Rechazó el aguardiente. Dijo que no le sentaba bien. Tampoco le gustaba su sabor.

PROHOR

Parece que Doroteo es un sanador del monasterio de Arille que ha venido para curar al abad. Así que Makario había mandado en secreto un mensaje al obispo Eusavio, pidiéndole que enviase a un herborista hábil que podría salvarlo de una muerte inminente. ¡El viejo se ha acongojado! Yo ya me había dado cuenta que se comportaba de un modo extraño. Se quedaba mirando al vacío, ignorando lo que le decía. 
            Hay una cosa que no entiendo: todos los curanderos que he conocido eran gente mayor. Éste tiene no tiene más de unos veinticinco años.

MAKARIO

Hace dos días empecé a tomar las pócimas que me prepara nuestro nuevo hermano Doroteo. Ya me siento un poco mejor.
            Me ha amainado el dolor de estómago. Si sigo así, tendré suficiente fuerza para levantarme de la cama y quizá incluso para escapar de esta humedad que me asfixia. Me gustaría volver a dar algún paseo por los prados junto al Morava, las colinas de Dill y los claros de Gradina. ¿Te pido mucho, Señor?

 

   

 

 
 
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